jueves, 16 de abril de 2009

MANUELA LA MUJER (VIII)


Manuela la mujer (VIII)

Por: Víctor J. Rodríguez Calderón

Sin descanso el libertador trabaja y obtiene grandes victorias políticas, allí en Guayaquil. Acoge bajo la protección de la República de Colombia al pueblo de Guayaquil encargándose del mando político y militar de esta ciudad y de su provincia. Se entrevista con San Martin y quedan claras las diferencias de estos dos grandes hombres, por lo tanto allí se convino decisivamente que Bolívar terminaría la guerra envuelta en su causa, pues la monarquía que proponía San Martin no se justificaba en el conflicto de una verdadera libertad y justicia para nuestras naciones, San Martin llamado el “protector” vio eclipsarse su gloria de guerrero, pero no su gloria de libertador, pues a pesar de su forma de pensar, la historia le reconoce como tal. Pero lo cierto es que Bolívar lo elimina, él era el último de sus rivales, y es él quien después de entender a Bolívar, toma la decisión de renunciar a todo y se exilia voluntariamente en Europa.
Después de estos éxitos, el libertador se toma un tiempo para dedicárselo a los grandes placeres que le pide su corazón. Manuela le espera cerca de Babahoyo, a donde llega navegando por el Guayas. La hacienda “EL GARZAL” los acoge como una pareja de lobos solitarios, son amores que vibran y los hace temblar de felicidad. Él, un experto seductor, ella, apasionada, desbordada, entregada totalmente. Jamás hubo en aquellos parajes ardientes sentimientos embellecidos por el bálsamo de Afrodita. Nunca se sintió un fervor más profundo y conmovedor. Pero, no todo es amor, Manuela comprende y vive también la enorme responsabilidad que tiene su amante ante los pueblos de América. Hay que escribir cartas a todas partes, despachar emisarios en todas direcciones, hacer política, formar y estructurar planes militares, hallar los medios necesarios para la próxima campaña del Perú, defenderse de los enemigos, crear ejércitos y aprovisionarlos, alistar barcos, buscar armas y pertrechos e innumerables cosas más. Manuela interviene también en todo esto, se hace una ayudante indispensable y le enseña a su general, que no conoce la fatiga ni descuido en su memoria, a ser mas desconfiado, a ver la dobles de los espíritus que le siguen, a informarle los más mínimos detalles de ese pozo de intriga, grandezas y miserias que es Lima, la Lima virreynal, en donde el “protector” y sus soldados han sido un poco menos que devorados por la molicie.
Amor, causa y guerra se unen para engrandecer y unificar sus vidas, ella entra a convivir plenamente con el genio a quien ama con amor de la carne y con amor del espíritu, de todo espíritu. Esos días son para la bella quiteña los más claros y sabe que con ello se hace también la retadora de toda murmuración, porque se ha convertido en la colaboradora más eficaz de la liberación. Pero, ¿qué importa? ¿a que conduce? Un divorcio había bastado para justificarse. Pero los divorcios no bastan, estos todavía no han entrado en las justicias sociales de la época, ni su marido, podría ser solicitado para concederlo, por propia dignidad de Manuela, ofendida en lo que más podía apreciar en su existencia: el amor, un amor de grandes emociones, apasionado, destruido por la incomprensión, la indiferencia, la rígida frialdad, la testarudez y la inclemencia de un hombre con sangre sajona.
Allí en Babahoyo, sus habitantes los admiran. Ella sale a caballo como toda una Amazona, va erguida, esbelta, junto a su amante, rompiendo con las empedernidas estructuras de esa sociedad que está dispuesta a no perdonarles tal insolencia, los dos se ven impertérritos, emocionados, felices, son dos almas dignas la una de la otra. Aquel pueblo se mezcla con ellos, respetan la aventura de esos dos seres, la aplauden sinceramente, porque son humanos muchos más amplios que los de la Serranía, porque muchos de ellos se identifican con sus vidas, guiadas y unidas solo por el código de las leyes eternas de la pasión y los sentimientos.
Nuevamente el libertador se ve obligado a desprenderse de su amor, parte hacia Cuenca y Manuela cargada de ensueños se va hacia Quito, durante seis días viaja a caballo sin presentar fatiga o cansancio alguno, entra en una actividad nueva para su vida. Vienen las cartas de amor a su hombre, a su pasión sensible de mujer, a esa separación convenida y necesaria por la causa, pero no así, para el sentimiento de los dos.
Ocurren muchas cosas, Bolívar no puede detenerse en Guayaquil, las tropas patriotas tienen que acudir urgentemente a Pasto, puesto que los españoles acaudillados ahora por Benito Boves, sobrino del terror llamado el “tata Boves” quien había sido muerto en la batalla de Úrica, proclamaban nuevamente a Fernando VII. Sucre es el primero en llegar y espada en mano somete a la ciudad que han sublevado los realistas, en plena navidad y Pasto está sembrada de sangre, cadáveres y desolación. Las tropas vencedoras se lanzan a los desmanes de la guerra, pero Sucre emplea su carácter y castiga a quienes han tratado de insurreccionar al ejército en ese vandalismo.
Bolívar en persona, con nuevas tropas llega al día siguiente de haber comenzado el nuevo año y dicta providencias excepcionales con energía a aquel pueblo que se ha alzado a favor de la causa española. Confisca los bienes de todos cuantos tomaron parte en la revuelta; impuestos a la ciudad de 30 mil pesos, de 3 mil reces y de 2.500 caballos, reclutan 1.300 hombres.
Mientras, Manuela que ha regresado a Quito se siente desprotegida, las horas son profundas sobre su tiempo y ve doblarse su felicidad en la tempestad de la ausencia de su amante. Es así, como se dispone a escribir la primera carta para hacerse oír adelgazando sus sentimientos como huellas que tiñen ese dolor enredado en su destino. Cito: (1) “en la apreciable de usted, fecha 22 del presente, me hace ver el interés que ha tomado en las cargas de mi pertenencia. Yo le doy a usted las gracias por esto, aunque más la merece usted por que considera mi situación presente. Si esto sucedía antes que estaba más inmediata, ¿que será ahora que está a más de 60 leguas de aquí? Bien caro me ha costado el triunfo de Yacuanquer. Ahora me dirá usted que no soy patriota por todo lo que le voy a decir. Mejor hubiera querido yo triunfar de él y que no haya 10 triunfos en Pasto.
Demasiado considero a usted lo aburrido que debe estar usted en ese pueblo; pero, por desesperado que usted se halle, no ha de estar tanto como lo está la mejor de sus amigas que es
MANUELA”
(1) Alfonso Rumazo González ( Manuela Sáez, el amor)
Esta carta revela que Manuela fue al norte con Bolívar y que se regreso a Quito únicamente cuando su amante iba ya por las proximidades de Pasto. Su gran preocupación es que él se halle aburrido, puesto que ella de repente se siente como una palabra de un amor desesperado.
(Continuará…)

Manuela la mujer (VII)

Por: Víctor J. Rodríguez Calderón

Pero los tiempos y la libertad de la patria exigían toda la voluntad del libertador, imperiosas necesidades políticas le obligaron a ausentarse de su amada, para marchar a Guayaquil, centro de coalición de las dos grandes fuerzas revolucionarias de la América Hispana: la que había triunfado en Boyacá y Carabobo y la que, se alejaba de las provincias de Río de la Plata, marchaba con el apoyo de los ejércitos Chilenos, a buscar una fórmula política para la anarquía social en que se debatía el llamado Nuevo Mundo y que no era otro, que el poderoso ordenamiento clasista y aristocrático que mantenía la sociedad Peruana.

Sin embargo, si bien es cierto, porque así lo demuestra la historia, a partir de ese momento los dos estarán unidos no solo por la mutua felicidad que les da el amor, no, sino también por el grande interés de esta mujer en la obra de Bolívar; en cuyo proceso descubrimos el amor y la devoción, la dignidad y la lealtad de ella por la causa.

Como podemos advertir, se impuso a todo y a todos, fue la compañera digna, una compañera de felicidades y también de hondísimas tristezas, una leal combatiente, en los intentos autoritarios y en los renunciamientos, a través de las horas solemnes en que su amante es el hombre más poderoso y dentro de las horas sombrías en que la traición o la enfermedad tratan de llevarse al genio a la tumba, ella está firme y de pie.

La presencia de un marido que sólo le ha proporcionado decepciones, frigidez, desengaño profundo respecto a la vida hogareña, no la preocupa. Para constancia, encontramos esta carta, de la cual cito un párrafo muy importante: “Yo sé muy bien que nada puede unirme a Bolívar bajo los auspicios que usted llama honor. ¿Me cree usted menos o más honrada por ser él mi amante y no mi esposo? Ah! Yo no vivo de las preocupaciones sociales inventadas para atormentarse mutuamente”

Nada la intimida, ni la asusta y menos los chismes que recorrían los salones Quiteños. Ella los conoce en su origen y en sus largos alcances, los ha vivido en plenitud, sabe sus intenciones, el daño que ocasiona porque son dosis de veneno despreciativo que mata las carcomas en un tiempo muy reducido y la sociedad lo utiliza como arma destructora contra quien se salga de su falsa apariencia, esa apariencia puritana, dogmática, ridícula y sobre cultural.
Por todo está decidida a mantenerse unida con el hombre que ha elegido su corazón y así lo hizo. Nunca hubo razón más poderosa ni firmeza más inconmovible que una determinación en el alma femenina. Ni nunca ha existido fuerza mayor que una mujer convencida de que ama y que es correspondida, hasta la muerte las respeta.

A pesar de que Bolívar se encontraba muy preocupado por la situación de Guayaquil que aún no había decidido ni por Colombia, ni por el Perú. Manuela se encontraba fija en su mente, más profunda en su corazón, y más aferrada a sus entrañas.
(Continuara…)

sábado, 11 de abril de 2009

MANUELA LA MUJER (VI)

Por: Víctor J. Rodríguez Calderón

El Libertador se acerca al Palacio Municipal, allí se había levantado una tarima donde se le harían los honores correspondientes. Manuela no alcanzaba a comprender lo que le estaba sucediendo, quienes la acompañaban en el balcón la notaron distraída, distanciada del evento, una explosión inesperada de sus emociones solo la proyectaban para preparar el momento de conocerlo personalmente. Debido a esta situación, ella relativamente no presto atención a las ceremonia triunfal que se le hacia a Bolívar, bellas quiteñas, vestidas de ninfas, le coronaban de laureles y lo invitaban a escuchar los discursos de las autoridades, luego fue llevado a la Catedral donde se ofició una misa especial.
El encuentro tan anhelado por ella, se produce esa misma noche, en el baile ofrecido en honor al Libertador por las autoridades locales. El gran salón de la casa municipal había sido acondicionado para el evento y fue adornado con un precioso dosel de rico tricolor de seda, centenares de luces y engalanado por el brillo de los uniformes de los revolucionarios y las magnificas galas de las damas quiteñas; hacia el fondo del salón se le preparó el sitio de honor al caraqueño, a quien rodeaba su estado mayor y las principales personalidades de la ciudad.

Del brazo de don Juan Larrea, Manuela atraviesa el enorme salón y va al sitio donde está el hombre que ella se ha prometido conocer personalmente, muy cortésmente don Juan se la presenta al Libertador, éste al verla trae a su mente aquellas miradas ardientes que se habían cruzado en el desfile, sus manos se unen y sus almas se estremecen en un trance que los atasca en unos sentimientos encontrados, fue algo muy fuerte en ellos, tanto así, que por instantes olvidaron la importancia de la ceremonia.

Manuela se había preparado para esta ocasión, sabia que no tendría otra, en lo personal puso el mayor cuidado en su maquillaje, en su tocado, nunca había sido tan grande su necesidad de gustar, de ser admirada y deseada como esa noche. Se aseguraba de comenzar a vivir una nueva vida, toda su naturaleza la comprometía solo en el anhelo de introducirse en el alma de Bolívar, quien a pesar de las atenciones que lo rodeaban no podía dejar, mientras bailaba, ver el símbolo de sus sueños, la sentía, admiraba su imponente orgullo, lo embelezaba su picara sonrisa mundana, descubría sus habilidades, era el ingenio personificado en una mujer de extremada belleza.
Por intermedio de algunos de sus oficiales se enteraba que era una mujer de carne y hueso, audaz con la espada, capaz como él, de montar a caballo durante días y versada e intelectual como cualquier oficial superior de su estado mayor. Bolívar no puede quedarse en la paciencia de esa historia, abandona de nuevo su sitio de honor y ante la curiosidad de todos los presentes, que conocían la fama del líder, pues el Libertador tenía ya todo un historial sentimental, como el marinero del poema: “En cada puerto un amor”, e igual a las galanterías y leyendas de la señora Thorne, nuevamente la invita a bailar, todos los ojos se fijan en ellos y a partir de ese momento danzan casi toda la noche, conversaron y se prometieron con animo acometer nuevas y más temerarias empresas.

Manuela no vaciló para decidir su nuevo destino, su corazón no tuvo entonces, ni tendría después otra ambición que la de ganarse por completo el amor de ese hombre, que en forma plena satisfacía sus aspiraciones y sus sentimientos. Coinciden los dos, sin dudas, enrumbarse hacia lo inevitable, ella y él se sintieron dominados por la seguridad de que su amor forjaría esa voluntad de durar y fortalecer sus emociones y sus pasiones. Al despedirse esa noche solo restaba resolver los nuevos pasos de sus vidas y se imaginaron el placer de sentirse amados para siempre.

Para ese momento Manuela tiene veinticuatro años y el Libertador cuarenta. Menos de veinte días duran esas relaciones en secreto, las fiestas se multiplican, las invitaciones se hacen diarias y comienzan las murmuraciones en aquella sociedad, donde ninguno de los dos se da por aludido. Su posición era la entrega total, donde la emoción descubría nuevas felicidades y aunque el Libertador conocía muy bien las costumbres de estos lances y ella se gobernaba por su temperamento voluntarioso, audaz, despreciativo y sensual, sensualismo que busca en el placer la gloria, los dos se han unido, porque en estos temperamentos la lucha es una necesidad y marchar contra la corriente de aquella sociedad una dicha.

Manuela era una mujer hermosa, rica, aristócrata, valiente y decidida para todos los desafíos. ¿Qué podría perder? ¿Su matrimonio con el doctor Thorne?, eso estaba desbaratado hacia mucho tiempo. Ahora si cambiaba su desgracia por la gloria de amar y ser amada por el hombre más grande de América en ese momento. En cuanto a Bolívar se encontraba en plena gloria y cada día adquiría fulguraciones mundiales, se cruza con esta mujer en su camino, en cuya existencia él funde las grandezas de la emancipación de los pueblos, los resentimientos, las caídas y las debilidades del nuevo mundo caótico que estaba adquiriendo conciencia en los combates de la revolución y porque siempre supo que Manuela Sáenz, la mujer, era ante todo una rebelde, una americana, con una conciencia llena de libertades y justicia, pues en su sangre, en su historia y en sus recuerdos, estaba el drama de la esclavitud y en sus potentes conceptos existía la energía del nuevo porvenir, como lo que en esos momentos se vivían y ya se asomaban como un horizonte de este continente.

Por eso Bolívar, en los brazos de Manuela vivía el delirio y la pasión, estaba protegido por su ternura y nunca se sintió lejos de su drama histórico con el cual estaba comprometido. De ahí que estemos obligados a entenderlos, porque si observamos, no fue indudablemente el sentimiento corporal que los juntó, hubo además una potencia espiritual unificada, los mismos anhelos, la misma rebeldía, la misma ambición de libertad y justicia, una misma fe en la causa, un mismo sentido del sacrificio integral, una misma desconfianza de todos a pesar de la necesidad de contar con todos y la misma y triste experiencia sentimental.

Ni María Teresa, su esposa, fallecida; porque mi Dios no le permitió un tiempo como para analizar, ni Fanny de Villars, ni Josefina Machado, la famosa “señorita Pepa”, como le decían los revolucionarios venezolanos, ni Manuelita Madroño, en la sierra peruana, ni Antonia Santos de Colombia y otras, no pudieron nunca conquistar el corazón y el pensamiento y todas las facultades del Libertador. Sólo en su vida hubo una, que por su inteligencia, sus sentimientos, su preparación y por el vigor de su carácter logro penetrar su vida, su alma y su corazón: MANUELA SAENZ, LA MUJER.

(Continuará…)


sábado, 8 de noviembre de 2008

MANUELA LA MUJER (V)

Por: Víctor J. Rodríguez Calderón

Así fue el retorno de Manuela a su amadísima patria, ya el general Sucre, enviado por Bolívar, se ocupa de tomar posesión de Riobamba, a trescientos kilómetros al sur de Quito. Va de batalla en batalla, para poder alcanzar la ciudad. Manuela lejos de detenerse hasta aguardar el resultado de los sucesos, deja a su padre en Guayaquil y se va al combate de frente con las tropas libertadoras. Por instinto y por tendencia conoce la vida del guerrillero, lo que le place por entero, y se entera de la forma de pensar de Bolívar, al que espera conocer pronto.

Al llegar a Quito, ocurrían grandes acontecimientos, la ciudad se preparaba para recibir triunfalmente al Libertador de Colombia. Sin duda que lo desconocido para esta mujer, era el nuevo horizonte que le esperaba, aunque ella se había declarado: libre, libérrima, en cuanto a moral, revolucionaria, belicista, tempestuosa, desprendida, generosa y su vida la había desenvuelto en un mundo de fantasías, su carácter lo definía muy bien y ella misma lo predicaba: “soy amiga de mis amigos y enemiga de mis enemigos”.
QUIEN LO IBA SIQUIERA A IMAGINAR, ALLÍ COMENZARIA PARA MANUELA LA MUJER, SU VERDADERO Y UNICO AMOR Y PARA EL LIBERTADOR DE COLOMBIA LA PASION Y EL ENCANTO MAS GRANDE DE SU VIDA.
El 16 de Junio, desde las primeras horas de la mañana, una grande multitud del pueblo y sus alrededores, se reunían en la plaza y a todo lo largo de la calles por donde iban a desfilar aquellos aguerridos hombres, se adornaron con banderas y los balcones con flores, las damas lucían sus mejores ajuares, lo que contribuía a enriquecer en emoción y colorido aquel gran homenaje popular.

A eso de las diez de la mañana, se encendió el bullicio y los gritos de: ¡ahí vienen! ¡ahí vienen! Acompañados de las músicas marciales de la banda de guerra, se acercaban a la plaza, y los sonidos de las campanas de los templos son echados a vuelo, fuegos artificiales estremecen al pueblo de felicidad, aquel cortejo triunfal era maravilloso, la tensión de todos aquellos ciudadanos explotaba como un gran cañón libertario, la expectativa general se hacia inefable.

El Libertador de Colombia entra a Quito seguido por sus oficiales, por el norte lo está esperando el General Sucre, también en compañía de varios de sus revolucionarios.

Bolívar monta un hermoso caballo blanco, tascaba nervioso e impaciente el freno, de tal forma que hombre y corcel se confundían con aquella ola de emoción gloriosa, 600 jinetes vienen detrás.

El Libertador vestía -describe el historiador Alfonso Rumazo González, en su tríptico Bolivariano- “uniforme de gala que brilla con el sol, uno de esos soles quemantes de junio en aquella región. A su paso por las calles empedradas, resuenan los cascos de los caballos, lluvias de flores, millones de aplausos y vivas, delirio, frenesí, son arrojados a los rostros de esos combatientes victoriosos con un fervor que nunca presenciaron esas calles ya casi tricentenarias”.

El cortejo se dirige hacía la plaza mayor, donde están situadas otras bandas, los toques de corneta y el ruido de las salvas de la victoria se confundían con el inmenso clamor de voces que gritaban: ¡Viva Bolívar! ¡Viva nuestro Libertador! Los aborígenes, con sus típicos y pintorescos trajes y sus largas mantas de lindos colores, elevaban aún mas sus esperanzas al vislumbrar en el calido fervor de este homenaje, un verdadero horizonte de libertad tras de tantos siglos de esclavitud. Tratan de romper los anillos de seguridad para acercarse a Bolívar, lo rodean y lo obligan a detenerse, lo tocan, lo saludan con respeto y con emoción casi religiosa.

Seguido por esa ola de pueblo, Bolívar logra llegar a la esquina diagonal del Palacio del Obispo, en uno de aquellos balcones está Manuela quien lo detalla totalmente, lo ve con el sombrero en la mano y saludando cortésmente, no le quita los ojos de encima, ella está allí en compañía de su madre, tíos y amigas, espera impaciente que el vencedor pase cerca de su balcón. En el preciso momento en que el Libertador esta bajo su dominio, Manuela le arroja una corona de laurel la cual cae sobre él, al levantar sus ojos chocan con los de la quiteña, con su maravillosa sonrisa y con sus brazos blanquísimos, finos, que parten de los hombros desnudos como dos llamaradas de amor, las sonrisas se cruzan acentuadamente. Bolívar clava en ella su mirada de fuego y con una gentil venia agradece el homenaje que ya nunca mas va a olvidar.

Cosas de la vida, fue un momento definitivo para la vida sentimental de ambos, con esas miradas cruzadas, se iniciaba un amor y una pasión histórica e inmortal, el cielo de Quito les cubría sus almas y los iluminaba porque a partir de allí vivirían para amarse en un para siempre.

Para Manuela, este fue su momento decisivo, el que cambiaria por completo su existencia. Después de tanta espera y búsqueda de amores inútiles, encontraba al hombre, esos minutos para ella fueron siglos, sintió el dominio hondo de la nueva emoción, ella lo había anhelado íntimamente desde hacía tanto tiempo, que ahora el destino le daba la voluptuosidad de ese sentimiento, del poder y de la gloria.

(Continuará…)

domingo, 2 de noviembre de 2008

MANUELA LA MUJER (IV)

Por: Víctor J. Rodríguez Calderón


Pero Lima, no resultó lo que Manuela se había imaginado, allí se encontró con enormes dificultades a vencer si deseaba obtener por lo menos una situación algo parecida a la que disfrutaba en Quito, Lima era una ciudad cosmopolita y la llegada del doctor Thorne y su lindísima esposa no paso de ser un incidente sin importancia alguna, lo que le pegó duramente a Manuela, aquella sociedad aristocrática y poderosa no demoró en hacer sentir rudamente la presencia de las barreras nada fáciles de franquear. Pero Manuela era invencible, para fortuna suya, esta lucha desproporcionada contra esa nefasta sociedad que no se dignaba tomarla en cuenta, halló en los acontecimientos históricos de la época una salida inesperada, destinada a darle esa importancia tan grata que tanto necesitaba su temperamento.

No había pasado mucho tiempo de su instalación en Lima, cuando los sucesos y las noticias de los progresos del movimiento revolucionario en el Sur, que según se decía, aspiraba a llevar a sus fuerzas al propio virreinato peruano, estimularon las esperanzas de los ambientes subversivos imperantes en la ciudad, las casas de los descontentos –ricos y pobres- se convirtieron en centros operativos revolucionarios, cuyo carácter se disimulaba con las apariencias de inocentes reuniones sociales.

Invitada inicialmente a estas reuniones por Rosita Campuzano, una de la mujeres mas activas de la conspiración, Manuela de simple espectadora, pasaba a trabajar de lleno en una de las mas peligrosas empresas, como era el movimiento emancipador de América y lo hizo con enorme facilidad, por su actividad, sus encantadores atractivos y por su odio contra el estado de cosas que se aspiraba a derrocar. Esto la llevo a ser una de los principales personajes del submundo revolucionario de Lima.

Su residencia se convirtió, para desesperación y oposición de su tranquilo y temeroso doctor Thorne, en un centro de reuniones, donde asistían aquellas gentes esperanzadas en los progresos de la revuelta.

Empezaba una nueva vida con la cual Manuela se identificaba perfectamente, ella la llenaba y la matizaba de excitantes alegrías y se apasionaba por el peligro que corría, esto podríamos asegurarlo, llenó el alma ardiente de Manuela, pues en el curso de sus cambiantes peripecias estratégicas descubrió una nueva fase de su personalidad, la cual la empujaba imperiosamente a la política, a las intrigas, a gozar con los encantos y peligros del poder.

Por los correos que allí la visitaban, se enteró con entusiasmo, sobre el desembarco efectuado en las costas de Pisco, donde San Martín probablemente se entrevistaría con el Libertador Simón Bolívar. Suceso que a pesar de la activa vigilancia enemiga española, aumentó la audacia de los descontentos.

Algo de lo que no ponemos en duda, es de las conversaciones íntimas entre Rosita Campuzano y Manuela Sáenz, el significado de la emancipación, por ambas deseada, al inicio se materializaban en divagaciones profundamente femeninas sobre el héroe que la dirigía, pues para ambas era desconocido, pero las historias que se contaban sobrepasaban lo epopéyico, ese hombre por el que ambas esperaban, no era otro, que el Generalísimo argentino San Martín.

Cuando estas fuerzas revolucionarias se acercaban a la entrada de Lima, ellas temblaban de felicidad y una vaga expectación, un anhelo confuso, pero poderoso, se les incrusto en el alma, al ver al frente de los ejércitos del Plata a un personaje soñado, capaz de entusiasmarlas no solamente como militantes de la causa americana, sino también como mujeres.

Esta sensación de anhelo era particularmente muy notoria en Manuela, que en el fondo de su espíritu y gracias a las complejas circunstancias de su existencia, había sentido acentuarse en su vida intima una contradicción, cada vez más dolorosa e insoluble, entre aquellas fuerzas de su personalidad que la hacían aborrecer las posiciones susceptibles de condenarla a una vida mediocre a la vida de algo o de alguien, como fue la historia de su madre. Pero, ella en su interior se sentía poderosa, sabia como dominar su naturaleza femenina, la cual traducía en añoranzas de la cálida felicidad experimentada en los tiempos de su primer amor.

Si observamos bien el análisis psicológico de la personalidad de esta mujer, podemos asegurar que ella fundía en una enorme pasión, los sentidos del alma, las delicias del amor y la voluptuosidad del poder, tal era la inspiración de su profundo e inconsciente anhelo, que lo mismo no podía mirar indiferente la proximidad del jefe revolucionario, cuyo nombre era como un reguero de pólvora gloriosa y de libertad desde las riberas del Plata hasta las márgenes del Rimac.
Pero, todo ese sueño, se le convertiría en la más amarga de sus desilusiones. El generalísimo que había imaginado, el conductor de la emancipación del Sur, le resultó ser un militar egocéntrico y puritano, su opaca entrada a aquella ciudad, su falsa modestia que anunciaba su timidez, su rigidez y ese acentuado desprecio por las multitudes que lo aclamaban, lo hacían mas bien como hijo del racismo hacia el propio pueblo, él era un hombre que mantenía una tendencia a resolverlo todo en conciliábulos secretos y su apego a la orden conservadora de las clases americanas, producto de su resistencia a afrontar con sentido creador una autentica causa revolucionaria.

Para Manuela, desde ese primer momento, se le elevo a la máxima potencia, una pésima impresión, más, al enterarse que este generalísimo se proponía montar un trono español en América. Indudablemente se habían equivocado, aquel no era el hombre que estaban esperando con secreto entusiasmo. Manuela, con su rapidez, su intuición de mujer realizó rápidamente su juicio, presintió con tristeza las horas difíciles que le aguardaban a la causa verdadera de la revolución.

A pesar de los honores que recibió, inclusive, de manos del propio San Martín, con la cruz de las Cabelleresas del sol, como reconocimiento a sus servicios a la causa rebelde y a la insistencia de la misma Rosita Campuzano. Manuela tomo decisión de regresarse a su ciudad natal Quito con su padre, quien temeroso, (pero con buenas ganancias) de las represalias decretadas por los ministros del Protector del Perú contra los españoles, le anuncio a su hija el propósito de retornar al lado de su familia, a lo cual ella se incluyo de inmediato.

(Continuará…)


MANUELA LA MUJER (III)

Por: Víctor J. Rodríguez Calderón

Pero este amor, también iba a correr el mismo riesgo que el de su madre, no duró mucho tiempo y el joven capitán la abandonó, dejándola en un estado deteriorado moralmente, ella se sintió burlada por otro miembro de esa raza dominadora que solía fácilmente en America hacer lo que le daba en gana, sobre todo con las mujeres criollas, pues estos señores se habían acostumbrado a mancillar la honra y la dignidad de ellas. Manuela se quedo con sus ilusiones, fantasías y con la burla del maltrato sentimental. En un principio sufrió y lloró mucho, y en busca de consuelo regresó a su casa, donde su madre la recibió con la mayor ternura inspirada por la triste remembranza de su juventud.
A su lado la pena se fue calmando, olvidando su transitorio sueño de felicidad que le había dejado aquella intensa y pasajera voluptuosidad idílica, que a momentos se negaba a morir y volvía a renovarse en un indomable deseo de emociones sensibles.

Todas estas sensibilidades que atacan a Manuela, la hacen reflexionar y ahí es cuando ella toma decisiones de transformar radicalmente su vida, poco a poco empieza a ser otra mujer, dominante, deseosa de gozar, aunque sus goces causen sufrimientos a otros. Se traza un propósito firme que guía todas sus acciones y configura todos sus actos, eso si, por ningún motivo correrá la suerte de su madre, ella se dispone salir del olvido y el entredicho social a que la ha condenado su pecado. Necesita imponerse por encima de todos y todas aquellas que la miran de reojo y pretenden aprovecharse de su caída. Llego la hora de buscarse una situación socialmente aceptable, que la cubra de todo reproche. Su mente comienza a obsesionarse y encuentra como solución el matrimonio, pues vive en ella el temor de sufrir una derrota en momentos tan decisivos de su vida.

Resulta muy difícil en la investigación histórica, a menos que se invente, saber si su casual encuentro con el médico inglés Jaime Thorne, hombre ya en toda la mitad de la etapa de la vida, de gran reputación social y profesional, despertó de verdad en ella la idea del matrimonio o si la convicción de su necesidad la llevó a acercarse a este hombre tranquilo, rutinario en sus costumbres y falto de atractivos humanos que parecían indispensables en una naturaleza como la suya; en todo caso, lo que si está fuera de toda duda es que en la aproximación de estos dos seres tan diferentes, el amor compartido no jugó papel alguno. La ardiente y tardía pasión que en el hombre maduro despertó la atractiva juventud de Manuela, sólo encontró en ella ese asentamiento sin espontaneidad, muy propio de la mujer cuando toma soluciones que comprometen su vida sentimental sin comprometer sus sentimientos.

A mediados de 1817 se celebra la ceremonia nupcial de esto dos seres, Manuela ordenó tres días de fiestas. Fue evidente desde ese primer momento que el deseo de la desposada no tenia ninguna prisa por comenzar su intimidad con su serio marido, las fiestas se celebraron en la casa de su madre, pero el baile del cortejo en la residencia de don Simón, en la hacienda de Catahuango.

Desde aquellos sitios Manuela se hizo acompañar de muchos de los compañeros, con los cuales disfruto de tres días de regocijo, donde se le pudo observar mas preocupada por bailar locamente que de buscar la compañía del doctor Thorne, quien además de sus prejuicios contra el baile, tampoco tenia disposición para el mismo.

Lo que si fue cierto es que su matrimonio le sirvió para iniciar una agitada existencia social, lo que psicológicamente, entre cuyas pequeñas alegrías le ayudo a olvidarse del vacío de su vida interior. Su casa la convirtió en uno de los centros principales de la sociedad de la ciudad y ante el excesivo lujo de su existencia fastuosa, Manuela de Thorne vio como se caían las barreras de censura que se habían levantado y pretendido conservar contra ella.

A salvo de los desaires, por su ventajoso enlace, alcanzó la cumbre del éxito con la satisfacción orgullosa de obligar a una sociedad a perdonarle a regañadientes sus audacias o a callarse sus reproches.

Sin duda, Manuela tenía demasiada impetuosidad en el alma para que estos éxitos transitorios pudieran satisfacerla permanentemente. El abismo de su vida sentimental que con el correr de los días se hacía presente y al lado de un hombre del cual todo la distanciaba, no demoro en revivir en ella los recuerdos callados de su fugaz aventura de amor, nuevamente apareció el joven y apuesto capitán español, al que encontraba casi en todas la fiestas y al que nuevamente le fue reiniciando sus preferencias sentimentales.

Estos amores no pasaron mucho tiempo oculto para el doctor Thorne, quien los monitoreaba desde su inicio. Cuando estuvo absolutamente seguro de lo que estaba aconteciendo, con su típica frialdad, arreglo sus asuntos en Quito y so pretexto de importantes negocios, notificó a su mujer que debían mudarse de inmediato hacia Lima a la mayor brevedad. El problema era que ella le pusiese resistencia o pretexto, pero la verdad es que el sorprendido fue él, la actitud de Manuela no tuvo ninguna vacilación y le expresó sus deseos de emprender de inmediato ese viaje. Ella sabia que la ciudad de los virreyes, sólo atractivos podía ofrecerle, y nada ni nadie la iba a retener en Quito, no podía menos interesarse por las obvias posibilidades de un ambiente como el de la ciudad de Lima, más prometedor, por todos los conceptos, para servir de escenario a la gran personalidad de esa hermosa mujer.

(Continuará…)

MANUELA LA MUJER (II)

Por: Víctor J. Rodríguez Calderón



En 1809 Quito lanza su grito de libertad, estalla el primer movimiento revolucionario. Doña María Aizpurú, no duda, da todo su apoyo a los rebeldes y junto a su hija Manuela vio impasible desfilar hacia las cárceles, a centenares de españoles, entre quienes se encontraba su amante, el señor Sáenz. Los conflictos la han convertido en una mujer fría, donde se confundían entrañablemente sus resentimientos de mujer con su vanidad ofendida de americana; raza y desamor, esto le había inyectado una actitud implacable, lo cual Manuela no olvidaría nunca más.

Pero, esta primera acción de los rebeldes dura poco tiempo, la reacción española no tardó en mostrar su fortaleza y el movimiento emancipador fue ahogado en sangre. Doña María pierde las esperanzas, pero Manuela empieza a formar su conciencia política cuando ve los horrores de esa terrible guerra.

En calles y campos se exponían macabramente las cabezas y los miembros sangrientos de los jefes de la revuelta.

Tales acciones causaron profunda preocupación en Doña María, quien sin pensarlo dos veces, decidió evitar este cruel espectáculo a Manuela y se trasladaron a su hacienda, no muy lejos de la capital y allí procuro dedicarse a la educación de su hija, quien cada vez mas se hacia dueña de su voluntad y de su corazón.

Iniciándose el año de 1814, la causa revolucionaria atravesaba su más difícil época, se anunciaba la proximidad del “pacificador” Morillo y con ello se extinguían las últimas esperanzas patrióticas. Esta situación preocupó mucho a doña María, ya le era muy difícil controlar el carácter de su hija Manuela, quien ya sabía manejarse con entera audacia y se convertía en una mujer hábil manejando su coquetería. Decidió entonces internarla en el convento de Santa Catalina, donde además completaría su educación. Pero argumentos históricos de historiadores de la época, sostienen que eso influyo por las preferencias que notó en Manuela, por el apuesto oficial de Húsares, Fausto D`Elhuyar, español como su amante don Manuel Sáenz, y ella por ningún motivo aceptaría, que su Manuela fuese atravesar por esas infernales vicisitudes que tan dolorosos recuerdos mantenía en vivo, eso le dio valor para separarse de su hija, pues por nada en el mundo deseaba que el brillo y aureola de poderío que rodeaba a los dominadores de la nueva revolución arrastrara a su hija, como le acaeció a ella, en esa aventura sin porvenir.

Pero, el joven capitán estaba muy enamorado y demasiado interesado por aquella lindísima mujer, para que su encierro en aquel convento lo obligara a renunciar a ese amor compartido ya por los dos. Por ese amor se las ingenio y logro mantener una comunicación constante con ella, cuestión que no le fue muy difícil por su raza y por su rango, mensajes apasionados iban y venían enviados con las porteras y los días de visita por las esclavas Jonatás y Nathan, D`Elhuyar trabajó rodeándola de una asiduidad tierna y constante que se adentró muy hondo en el corazón de Manuela, cada vez menos dueña de sí ante esta tentación que invadía sus sentimientos con el irresistible enervamiento de su primer amor. Ambiciones sociales, anhelos que la llevaban desde su infancia a desear el brillo, el triunfo social, todo se fundió en el fuego impaciente de esta pasión, donde se comprometía emocionada y completamente su ardiente juventud.

Las consecuencias de estos sentimientos encontrados trajo la ansiedad y un día Manuela Sáenz abandonó secretamente el claustro de Santa Catalina y sin pensar en el escándalo que iba a estallar huyo con su oficial enamorado. Doña María al enterarse entró en una profunda crisis de angustia, desesperada, vio repetirse su dolorosa historia en su hija.

Para Manuela, poco o nada pesaban entonces estas consideraciones, ella solo sentía la embriaguez que por esa primerísima felicidad que le concedía el destino, a la cual se entregaba en cuerpo y alma a su amante y seductor, Manuela descendió, con la emoción de lo desconocido en el alma, hasta esos abismos del deleite humano que un vez tocados nos impulsan a sumirnos completamente en su indefinible y maravillosa profundidad

(Continuará…)

MANUELA LA MUJER (I)

Por: Víctor J. Rodríguez Calderón

En pleno tiempo de victorias, las tropas patriotas entran a Pasto, Colombia, por los intrincados caminos que comunican la altiplanicie quiteña con la ciudad de los virreyes. Casualidades históricas, dentro de la población civil que acompaña a estos aguerridos soldados, se encuentra un anciano, su hija y sus criados, llevan varias mulas cargadas con todos sus equipajes y se dirigen para estacionarse definitivamente en la ciudad de Quito.
Se trata de don Simón Sáenz, acaudalado comerciante español, quien regresaba a su residencia principal, de la capital del virreinato peruano, donde había realizado jugosos negocios con su lote de mercancías.Don Simón, al preparar su viaje para salir de Lima, le fue imposible desprenderse de su hija, quien vivía allí, pues ella se empeño en acompañarle a Quito para visitar a su madre y la vez alejarse de la extremada vigilancia en que la mantenía su marido, el médico inglés Jaime Thorne, vigilancia que se ocultaba dentro de un íntimo drama de desamor conyugal que, en verdad, ella hacía muy poco por disimular.

Montada como toda una amazona sobre un inquieto caballo alazán, conversa alegremente con su padre, era imponente, dominadora, persuasiva y presentaba marcado contraste con la inquietante femineidad que fluía avasalladora en su gracia, su belleza espléndida y su alegría vital se confundían con los paisajes que se avistaban desde aquellos difíciles caminos. Sobre su cutis blanco se regaba el sol y lo sonrosaba y eso le hacia más hermoso el marco negro de su cabellera, resaltaban exaltantes, móviles, sus grandes ojos negros azabaches y sus labios de subido color natural, dibujados como para sugerir la íntima fuerza emocional, su cuerpo agilísimo, se movía felinamente y todo en él parecía rebelarse contra las severas líneas de su traje ajustado, que no lograban ocultar el sugestivo encanto corporal de esta mujer, a la cual sin saberlo le esperaba una historia que la inmortalizaría en el mundo.

Ella presentía que algo mucho mas difícil, de lo que ya le había tocado en su destino, se aproximaba pero a su vez mantenía un confiado optimismo en ese futuro, pues su desgracia en falta de sólidos vínculos sentimentales con ese pasado que pretendía dejar atrás, quería solo catapultarlo en amargos recuerdos y de allí que ella misma se anunciaba un embriagado y nuevo porvenir, eran cosas nuevas, ella lo sabia, su alma misteriosa iluminaba con amables colores todo su nuevo horizonte existencial. Para comprender a Manuela como mujer excepcional, el destino la colocará muy alto y en complejas circunstancias sobre todo lo que le toco vivir en nuestra guerra de emancipación americana, por eso vamos a iniciar desde el comienzo su propia historia.

Corría el año de 1790, tiempos muy convulsionados, América despertaba y muchos españoles andaban en busca de fortuna, entre ellos don Simón Sáenz, a quien hasta ese momento ésta no le había sonreído en el virreinato de Nueva Granada, es así, como decide marcharse hacia Quito con su esposa, doña Juana María Campo Larrahondo y Valencia. Allí en aquella ciudad, este ciudadano, se convirtió en un hombre muy activo, sagaz y hábil para los negocios, se doto de ambiciones y de una personalidad muy elevada, además de poseer un físico atractivo, condiciones que le ayudaron y muy pronto no demoró en construir una sólida posición.

De su matrimonio nacieron cuatro hijos: Pedro, José, Ignacio y Eulalia. Don Simón mantenía magnificas relaciones políticas con las autoridades de Quito y ello contribuía a que escalara aún las más altas posiciones hasta dentro del gobierno, todo era un éxito total y gozaba del más absoluto respeto de todos.

Pero por cosas del destino, que muchas veces no están dentro de la vida, este hombre consagrado a la ambición de la riqueza, se encontró con una inesperada aventura sentimental, una quiteña, criolla de pura cepa, doña María Aizpurú, él pensando en tramar un simple romance aventurero, descubrió que sus sentimientos por esta mujer iban mas allá de lo que se había imaginado, tanto, que ella, llego de renunciar a su propia vida, su posición y su honra, esto le ocurría a don Simón, antes de nacer su hija Eulalia, a partir de ese momento se sometió vivir en la sombra de ese amor oculto y se obligó a repartir sus cuidados entre su hogar y su dulce doña María, quien por amor se contentaba con la felicidad de aquellas caricias secretas.

De estos amores nació una niña, el 25 de Septiembre de 1797 y fue bautizada con el nombre de Manuela, su infancia la pasó a la sombra de un hogar signado por el racismo clasista, pues su padre las visitaba casi furtivamente y doña María moría de felicidad solo en las horas fugases de esa visita, sin importarle el futuro familiar de su hija. Pero estas incertidumbres ahondaron en mil problemas esta pasión secreta e hicieron muy estrechos los vínculos sentimentales entre madre e hija.

Manuela, se levantó en aquella casa solitaria, donde hacía su mundo, del cual construía su reinado, acostumbrándose a ser obedecida en sus menores caprichos. Su carácter se esculpía voluntarioso y sus primeras nociones del mundo se impregnaban de cierto optimismo, que la llevaba a aceptar con dificultad cualquier demora en el acatamiento de sus deseos.

Pasaban así, los años de su infancia y es de resaltar que además de su madre doña María, sólo encuentra como compañía, a dos mujeres negras, esclavas, llamadas Jonatás y Nathan, tan allegadas que por siempre estuvieron a su lado y fueron ellas las encargadas prácticamente las de despertar su vida instintiva y construir el peligroso y enervante estímulo para los sentires de su alma. Manuela era demasiado apasionada, pero esas pasiones, no llegaban al conocimiento de su objetivo tranquilo y gradualmente, sino con cierta brusquedad acompañada de cierto deleite. El encanto ácido de placeres desconocidos, presentidos a través de las conversaciones y los ejemplos de sus dos compañeras de juego, pone en marcha en esta naturaleza una inquietante sed de embriágueses sensibles, que habrá de conducirla tempranamente al amor con atormentada alegría.

El tiempo no se detenía, Manuela se enrumbaba hacia nuevos horizontes desconocidos y a la vez se hacían mucho más débiles los lazos que la unían a sus padres. Estos opacaban sus sentimientos y aquel amor desaparecía así como había llegado, los dos se distanciaban y crecían las diferencias hasta convenir en una separación. Manuela, observaba que uno de los grandes problemas entre ellos y que apresuraba aquella ruptura era el las clases hostiles que mantenían criollos y españoles. Esa difícil situación hizo que Doña María tomara decisiones y buscará a toda costa la defensa de su hija bastarda, hija de su postrer desamor. Era la injusticia social del momento que la obligaba a aquel cambio de condiciones, capaz de modificar todo un estado de sentimientos, de cosas y costumbres dentro de la cual ella se había condenada a la cadena de la oscuridad.

(Continuará…)