domingo, 19 de abril de 2009

MANUELA LA MUJER (XIII)

Por: Víctor J. Rodríguez Calderón

El 2 de septiembre, el libertador llega sorpresivamente a la ciudad de Lima. El presidente del Perú en ese momento es Torre Tagle, quien apresuradamente viaja hacia el Callao para recibirlo, lo acompañan varios miembros del gobierno. Las tropas son colocadas en dos alas para rendirle honores. Se reviven en ese espectáculo los días de la entrada de San Martin.
La ciudad esta adornada de banderas, se disparan cañonazos, le arrojan flores a su paso, los balcones están llenos por las hermosas mujeres Limeñas quienes aplauden y se disputan una mirada del héroe Caraqueño. Una comisión del congreso le saluda y en palabras revolucionarias, Bolívar les responde:

“Los soldados libertadores no volverán a su patria sino cubiertos de laureles, pasando por arcos triunfales. Vencerán y dejaran libre al Perú o todos morirán. Yo lo prometo”. Era la declaración de una ruptura de hostilidades y de un desafio a muerte, cosa que nunca se atrevió a realizar el llamarlo protector del Perú San Martin.

Políticamente y militarmente en el Perú la revolución agonizaba, había sido exterminada prácticamente en los campos de batalla, estaba desprestigiada en toda la opinión publica. El historiador González Balnes, en su libro: “Bolívar en el Perú” en el tomo I pagina 323 relata lo siguiente: “los sucesos posteriores a la salida de San Martin habían postrado a la nación en una serie de males tan grandes que el mismo Sucre hubo de confesar a tiempo que no veía mas salvación posible que la presencia de Bolívar. Para lo político había quedado el presidente Riva Agüero y para lo militar el General Santa Cruz. El primero miope y petulante, pensó que lo oportuno era desatar una campaña nacionalista contra los colombianos y se convirtió en el enemigo de Sucre desde el primer día. El segundo, se lanzó a una desastrosa campaña por el sur, con dirección al alto Perú, cuyo final fue la perdida de más de cuatro mil hombres. ¡Regreso derrotado, sin haber combatido y con solo 700 soldados!

Toda esta problemática encuentra Manuela en Lima, la causa está vencida y solo Bolívar puede rescatarla. Peligros, contradicciones, intrigas inquietantes, traiciones a la vista, la ponen de inmediato a trabajar y aun por encima de las protestas del marido, se convierten la secretaria de su amante.

Se dispuso a defenderlo a costa de su propia vida, a informarle minuciosamente todo cuanto se decía en los salones de la aristocracia Limeña y cuanto se cuchicheaba por las calles y en los grupos populares. Para esto creo un cuerpo de inteligencia con políticos, militares, pueblo y sus dos negras que le acompañaban, quienes eran astutas y muy fieles a la causa. Su amiga Rosita Campusano, para quien las glorias habían terminado y también las riquezas; la huida de San Martin fue para ella fatal, también la convirtió en una agente espía a favor de la causa Bolivariana.

Muchas batallas faltaban en su América por librar y ella estaba dispuesta a darlas, es mas, se declara intolerable e indiferente ante ese mercado de los chismes y las habladurías, lo que por supuesto produce en Manuela un respeto de todos aquellos que la rodeaban. El ejército revolucionario ve en ella a la combatiente que se enfrenta a la historia nueva y libre y especialmente a esa sociedad Limeña que se espantaba ante las realidades de la vida que hacia la Quiteña. (I) “todos los generales del ejercito, sin excluir a Sucre, y los hombres mas prominentes de la época tributaban a Manuela Sáenz las mismas atenciones que habían acordado a la esposa legitima del libertador. Las señoras eran únicamente esquivas para con ella; y está, por su parte, nada hacia para conquistarse su simpatía benevolencia entre los seres de su sexo” (II)
“la decisión había sido tomada, y nadie será capaz de modificarla en el resto de la vida de la Quiteña. Ni su marido, ni su madre, ni sus conveniencias. En adelante se considerara miembro del ejército libertador, su más entusiasta cooperadora, su generala dispuesta a servir y salvar la obra y la vida de su amante. Será una de las mas exaltadas patriotas”.
(Continuará…)

(I)_J. D. Monsalve, “estudios sobre el libertador”.
(II)_Ricardo Palma OP.CIT.

jueves, 16 de abril de 2009

MANUELA LA MUJER (XII)


Manuela la Mujer XII

Por: Víctor J. Rodríguez Calderón

Manuela recibe la infausta noticia de la muerte de su padre, Don Simón Sáenz, quien en un extremo de audacia cayó herido de muerte ante el fuego patriota, no se extiende la historia en este suceso, pero para Manuela fue apresurada esa partida y eso le causó en su espíritu de hija un profundo dolor. Se trataba del autor de su vida y aunque el señor Sáenz se distinguía como preconizador de la anti revolución, en ese momento la sangre no tenían ideales y su corazón patriota debilitaba sus energías ante aquella desgracia.
Manuela decide partir hacia el Callao, pero su llegada no es bien vista por los revolucionarios. El General Jacinto Lara, le reprocha al propio Bolívar, diciéndole estas palabras: “Mi General, estamos para salir a combatir a los godos y está usted cargando con mujeres. La Sra. Sáenz ha llegado ayer procedente de Quito, en unión del doctor Bernardo Monteagudo”.
Bolívar mira fijamente al General Jacinto con tono de disgusto y le responde:
-Mi General ella es más que una señora, es una mujer, una guerrera de nuestra causa, observo cuanto desconoce usted mi General las victorias que le debemos a esa señora, que solo viene a auxiliarnos.¿Qué le espera a Manuela en Lima? Más gloria, porque forma parte en primera línea, en los frentes patriotas y el destino angustioso que la había esperado siempre, la desgracia de caer de nuevo en los brazos de su despreciado marido, el doctor Thorne.
Lo primero, la mezcla con el destino que ella ha decidido, el grito de libertad y justicia para América, la perspectiva de accionar su enfrentamiento despiadado hacia ese horrible imperio que derramaba la sangre culpable para ellos porque pedía y luchaba por su liberación, su amor aunque envuelto en las sombras, ruinas que caían como vigas sobre su alma, era su necesidad para vivir. Pero lo segundo si era un sacrifico primitivo que la estigmatizaba con el dogma infortunado de una sociedad ceremoniosa, religiosa, traidora por esa alienación a que la sometía con ese omnominioso imperio. Ella no estaba dispuesta a tal humillación, ese hombre no lo había escogido su corazón, era demasiado mediocre para ella, regresar a su lado, caer de nuevo victima de sus mediocridades metódicas, aunque fuese por periodos, la trastornaba, era el suplicio que superaba toda la desgracia, era la violencia oculta institucionalizada, sin embargo tenía que hacerlo.
Y lo hizo. Pero hasta ahora nadie vio, ni descubrió la función catártica de ese sacrificio, de ahí que la considere una víctima expiatoria histórica que satisfacía las condiciones mecánicas de aquella sociedad y de la historia de hoy, por la forma como la han tratado. Si, ella lo hizo, pero busco un refugio íntimo, una compañía que en el fondo la entendía y aceptaba con realidad todo cuanto Manuela ejecutaba para su verdad y para bien de su existencia. Manuela tenía mucho corazón y quien estaba a su lado en estos momentos tan difíciles se convertía en su depósito de quejas, de confidencias, y lo hacía con generosidad sin límites.
Esa persona fue su madre, la noble señora de grandes energías, otra gran patriota combativa y a la que ya le quedaban tres o cuatro años de vida, a pesar que hasta ahora arribaba a los cuarenta años de edad. Solo su madre y su eterno amante la comprendieron a plenitud, así lo muestran los pocos documentos y las cartas que encontré.
Manuela la mujer autoritaria, inflexible, llena de fuerza, audaz, valiente, decidida, la que no lloró y nunca le tuvo miedo a nada ni a nadie; en fin, la mujer, a quien excepto estos dos seres entendieron y comprendieron, la que nunca ni siquiera la historia pudo dominar porque su origen se perdió en el dramático misterio de las tierras esclavas, en el fondo de América sin nombre, en las profundidades tenebrosas de aquella violencia criminal.
(Continuará…)

MANUELA LA MUJER (XI)

MANUELA LA MUJER XI

Por: Víctor J. Rodríguez Calderón
Bolívar parte hacia el Perú, la despedida es nuevamente una sombra donde habita la incertidumbre del destino de los amantes, un sencillo “hasta luego” se tiende como la única esperanza del futuro, así es la vida de estos dos seres, están a merced de un tiempo que los atrae pero que a la vez los separa por su propio origen, experimentan la necesidad constante de revivir el sacrificio, la tortura de las ausencias es solo un rito, quizás peligroso, pero sus corazones son las herraduras de sus sentimientos.
Antes de viajar deja Bolívar escrita una respuesta a Santander, que le ha recriminado la campaña que está en plena acción para libertar definitivamente al Perú y por supuesto a nuestra América.
“Usted me repite que debemos cuidar de preferencia a nuestra casa, antes que la ajena. Esto no merece respuesta, porque el enemigo no es casa ajena, sino muy propia”.
Manuela se queda en Quito y se entrega por completo a la política. A la partida de Sucre al Perú, se enseñoreo allí una burocracia neogranadina y venezolana, los militares se volvieron conspiradores, agresivos, violentos y ásperos, eran los mismos que Sucre tuvo que someter a la rígida disciplina que exige una causa, como la de la liberación. Estos no parecían soldados de la libertad, sino vulgares conquistadores.
Estalla un motín en la plaza y todas las calles de Quito se alborotan comandado por estos señores. Manuela toma un escuadrón leal a la causa y a la cabeza de este se lanza en ristre contra aquella violencia destructora, la cual en pocas horas logra sofocar. La respuesta de los burócratas vencidos es de profunda venganza, elaboran decretos exagerados con cargas tributarias, mucho más pesadas que las que se mantenían en la colonia, por supuesto la administración que había que mantener se hizo más costosa y crearon un ejército, que para el pueblo pequeño y pobre se elevo como una carga imponderable. En todas estas conspiraciones ya estaba la mano del vicepresidente de Colombia, a lo que Manuela y el pueblo respondieron con repudio, descontento y respuestas a tan grandes desengaños.
De nuevo todos a la calle encabezados por Manuela, era necesario regresar y restablecer el orden preconizado por el libertador y el cual le había encomendado al General Salom. La amazona iba en un potro color jaspeado, montura oficial, armada y gualdrapa de marciales adornos, el historiador Próspero Pereira Gamba hace una descripción histórica que dice: “Parecía la generala del regimiento actuante. El regalo de su amante era perfecto. Por vez primera las calles de Quito vieron lo que tenían que presenciar más tarde otros lugares: el formidable y valeroso impulso de una mujer nacida para la intrepidez, la superioridad, el cumplimiento de un destino excelso. Aquel día salía a la luz el alma heroica de la Quiteña; aparece su autentica personalidad, hasta entonces embozado en alegrías, en exaltaciones, en anhelos, hasta en delirios, como cuando la triunfal apoteosis de San Martin en Lima”.
Manuela se propone elevar su obra, en su temperamento van apareciendo las lealtades y la fortaleza de la verdadera conciencia bolivariana, la cual mantiene por encima de las debilidades que pueden ocasionar los sentimientos del amor. De esta escena en la ciudad de Quito, la sociedad mantuana se escandalizo y prendió fuego a la mojigatería moral, provocando anatemas en un clero corrompido y traidor. Pero no así, en el pueblo rebelde y revolucionario que se lanzo victorioso haciéndole lo más férvidos elogios a ella y a las tropas que había conducido magistralmente dentro de una estrategia segura y militar. No trabajaba por impulso o temperamento, no, estaba convencida y necesitaba que así lo entendieran los contra revolucionarios, ya nada podía detenerla, mucho menos los prejuicios, las costumbres de ese patriarcado y menos los aspectos negativos de un absurdo matrimonio equivocado.
Muchos adoradores de Bolívar la han odiado sin conocerla, habiendo tenido tiempo y espacio para hacerlo, no reconocen y hasta niegan de cómo ella se curtió el pellejo y se templo su corazón. Manuela nació rebelde, fue una mujer que amo la libertad, la justicia y la igualdad, su contacto con Bolívar, la hace hembra, política, revolucionaria, combatiente y verdadera amante, su historia muestra a medida que se va desencadenando toda una transformación de sentimientos, de conciencia que nos remite con creciente insistencia a verificar los procesos naturales, sobre todo la transformación orgánica, mental, la que tiende cada vez más a decretar una Manuela mujer, penetrante, nunca evasiva, materializante que enseña cómo alcanza por ahondamiento, por inmersión, ese núcleo energético de la realidad de una vida en todo el medio de un pozo podrido socialmente.
En ese salto histórico a la arena pública, a la camaradería con el verdadero ejército revolucionario, al contacto con políticos para conocer a fondo sus verdaderas intenciones y el manejo tinoso, astuto, de las relaciones sociales, levantaron la montaña del escándalo que obligo a Manuela a no demorar el viaje a Lima más de cinco semanas a partir de la salida de Bolívar. Ya a principios de octubre estaba en la ciudad de los Virreyes y se dedicaba por completo a cuidar el archivo del libertador.
(Continuara…)

MANUELA LA MUJER (X)


Manuela La Mujer X

Por: Víctor j. Rodríguez Calderón

Bolívar, visita con frecuencia la hacienda el “Garzal”, lugar donde nació definitivamente a plenitud sus amoríos. Desde allí vive recuerdos, atiende y controla su correspondencia con exactitud y consagración. Recibe información que los habitantes de Pasto se han alzado nuevamente en armas el 12 de julio, recordamos que estamos en 1822, esta revuelta es ahora capitaneada por el indio Agualongo y Melchor Cano, caudillos que a la cabeza de ochocientos rebeldes se apoderaron de Pasto y se organizaron para enrumbarse hacia el sur con el propósito de apoderarse de la ciudad de Quito.
La mayoría del ejército libertador estaba en camino hacia el Perú bajo las órdenes del General Sucre. El Coronel Juan José Flores es derrotado por los insurrectos, que proclaman de nuevo al rey de España como legitimo soberano. El indio Agualongo, es un hombre valiente, osado y conocedor del terreno, hace que el General Flores huya hacia Popayán, y se apodera de los pueblos de Ibarra y Otavalo, a los que pone bajo la orden de la bota imperial.
Bolívar, decide acabar para siempre con ese foco subversivo. Y en persona dirige la campaña, la historia reseña que entra con la espada en la mano personalmente a combatir de frente en la batalla, acción que ninguno de los grandes Generales conocidos en la historia hizo nunca a la edad del libertador en ese momento. La estrategia es astuta, dejan que el indio Agualongo se confié y avance terreno adentro; la impresión de debilidad lo convence y esa imprudencia lo conduce a su propio aniquilamiento.
Circunstancias del destino, en esa campaña Bolívar, conoce al Coronel Ignacio Sáenz, quien ha participado en la batalla con gran entusiasmo y pertenece a los patriotas desde hace tiempo, éste le confiesa que gracias a su hermana Manuela, quien lo formo con conciencia para la libertad, la igualdad y la justicia de América, estaba dispuesto a todo por la causa.


El libertador victorioso regresa a Quito donde recibe del congreso Colombiano las autorizaciones y poderes que necesitaba para partir al Perú, pero allí esta su Manuela a quien necesita entregársele, para ello se libera de todas sus ataduras mentales, por momentos se olvida de todo y retorna a la sensibilidad del amor, a ese primitivismo sensible que los hombres llevamos en las entrañas, los despoja para vivir el estado salvaje y envolverse en su llama fecunda.
En un momento que Manuela se ausenta de la habitación, por curiosidad abre un cofre que está encima de la peinadora de su amada, encuentra unas cartas, su rostro se congestiona con muecas de angustia, son cartas del Dr. Torne, en ellas le exige a Manuela que de inmediato regrese a Lima. Se ha enterado ya de los chismes de Quito. De repente siente que se agranda la distancia entre su amor y la realidad, entran a su alma remordimientos, tanto así, que en ese mismo instante entra Manuela y lo encuentra leyendo las cartas, como si nada pasara ella se encarga de regresarlo de esa angustia que se le ha atravesado como un muro de contención.
-Amor no te victimices,- llena de entusiasmo y seguridad le dice-no eres una sustitución que viene a calmarme la sed de mi inmolación, de mi desolación física y anímica; de la angustia de mi espíritu y del sexo. No, nada de eso. No te he hablado gran cosa de mi vida, en realidad tengo tantas otras para que sepas de mí, que los secretos profundos que guardo solo harán mella en tu alma para nunca apartarte de mí. Te amo como una loca, eres mi sentimiento dramático y romántico a mi sensibilidad, no oyes acaso el latir de mi corazón cuando te tengo, el propio viento de nuestros cuerpos no tiene otra función que acumular el sudor de este inmenso amor.
Manuela sorprendía cada vez más a su amante y se hacia una necesidad perenne que debía estar a su lado para no perder un solo instante de su existencia.
Pero esa misma causa que los ha unido, les exige sacrificios y muchas veces los pone en un callejón sin salida, así pasan dos años y Bolívar regresa a los remordimientos, de ahí que como testimonio de esto, encontremos una carta con el resultado de esto. La carta de entonces dirigida a su más grande amor, dice: “Mi buena y bella Manuelita: Cada momento estoy pensando en ti y en la suerte que te ha tocado. Yo veo que nada en el mundo puede unirnos bajo los auspicios de la inocencia y el honor. Lo veo bien y gimo de tan horrible situación, por ti, porque te debes reconciliar con quien no amas, y yo porque debo separarme de quien idolatro. Si, te idolatro hoy más que nunca jamás.
Al arrancarme de tu amor y de tu posesión se me ha multiplicado el sentimiento de todos los encantos de tu alma y de tu corazón sin modelo. Cuando tú eras mía yo te amaba más por tu genio encantador que por tus atractivos deliciosos. Pero ahora ya me parece que una eternidad nos separa, porque por mi propia determinación me veo obligado a decirte que un destino cruel pero justo nos separa de nosotros mismos. Si, de nosotros mismos, puesto que nos arrancamos el alma que nos da existencia, dándonos el placer de vivir. En lo futuro tu estarás sola, aunque al lado de tu marido; yo estaré solo en medio del mundo, sólo la gloria de habernos vencido será nuestro consuelo”.
Manuela se indigna al recibir esta carta y la rechaza, se ve excluida sin misericordia de su amante, estos tontos remordimientos, como los llamaba ella, no hacen otra cosa que alentar de modo alguno la condena a que la mantenía aquella falsa sociedad, estaba sentenciada por la suerte, por sus parientes, por las costumbres de la época a un matrimonio absurdo, por eso ella a la misma vez, sentía que en ellos se había estacionado un sentimiento invencible con mucha fuerza interior que los unía estrecha e indisolublemente. Se amaban, se comprendían, se habían elegido el uno al otro con la más grande libertad, guiado por los sentimientos más nobles y de mayor impulso que pudieran imaginarse: la sed de gloria, la ambición de grandeza, la determinación de entrar en la historia con más atributos que nadie.
De ahí que Manuela no se detiene, su corazón no está dispuesto a perder la obra grandiosa de su amor, la cual ha levantado rompiendo las amarras a que la había sometido sin piedad aquella terrible sociedad. ¿Iba su amor a ser destruido? Por aquel matrimonio impuesto ¿Iba a interponerse un hombre totalmente adverso a su sentido humano, sin ambiciones, sin anhelos grandiosos, con una mediocridad llena de fortuna y totalmente ciego de pasión y de calor? ¡No, eso nunca! Su voluntad no sede, lo rechaza, la fe en su amor, en su hombre no escapara ahora menos que nunca de su vida.
Bolívar y Manuela están poseídos y ya no podrán disgregarse, esparcirse en el espacio egoísta de esa esclavitud, religiosa y social, que no entiende de sentimientos, sino de imposiciones y apariencias. Para testificar la lucha por su amor y contra los “tabúes” primitivos, nada mejor que leer esta carta del libertador.
“A nadie amo, a nadie amare. El altar que tú habitas no será profanado por otro ídolo ni otra imagen, aunque fuera la de dios mismo. Tú me has hecho idolatra de la humanidad hermosa: de ti, Manuela”.
Bolívar
(Continuará…)

MANUELA LA MUJER IX


MANUELA LA MUJER IX


-->Por: Víctor J. Rodríguez Calderón

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Bolívar regresa a Quito por espacio de ocho días, es un tiempo breve, pero lo aprovecha al máximo, no lo va a olvidar porque su vida va a arder en sus venas, allí se amarran esos dos seres en una fiesta de amor, en una promesa que quiere liberarse para convertirse en un sentimiento eterno, juntos se van por la ruta dejando un viaje que nunca acabara, porque no tendrá final, puesto que de esa pasión aun están las cenizas ardiendo en las paredes de la historia y son como una canción que no precisa fin.
Amor y causa se unen en los amantes, no se puede estancar el momento histórico. Bolívar atiende a los centenares de asuntos graves que le obligan a continuar viaje a Guayaquil. En efecto en el Perú han estallado sucesos de trascendencia, allí han llegado las divisiones Colombianas, es 6 de septiembre de 1822, el llamado “protector”, San Martin, se embarca en el bergantín “Belgrano” abandonando para siempre el Perú, después de haberle dicho al General Guido con su prepotencia que lo adornaba: “Bolívar y yo no cabemos en el Perú”. El congreso constituyente peruano le había aceptado la renuncia al poder. Esto despertó nuevas pugnas políticas, marcando un englobado sentimiento anticolombiano el cual engruda también al ejército.
En la obra histórica “El Ecuador en la independencia de América del historiador Carlos A Vivanco, en la página 33”, encontramos lo siguiente: “no parece sino que las aspiraciones del libertador de lanzarse contra los españoles en el Perú, están camino de fracaso. No dispone de las suficientes autorizaciones legales, ni los peruanos, movidos por rencillas políticas, toman en serio, con la urgencia del caso, la presencia de las tropas realistas que amenazan la reconquista de las posiciones perdidas.
En marzo, sin embargo, el embajador Portocarrero llega a Guayaquil y pide, suplica a Bolívar que acuda en defensa del Perú. El caraqueño ve renacer sus sueños y contesta: “Colombia hará su deber con el Perú. Llevará sus soldados hasta EL POTOSI, y estos bravos volverán a sus hogares con la sola recompensa de haber contribuido a destruir los últimos tiranos del nuevo mundo. Colombia no pretende un grano de terreno del Perú, porque su gloria, su dicha y su seguridad se fijan en conservar la libertad para sí y en dejar independientes a sus hermanos”. Casi enseguida son enviados unos tres mil hombres para corresponder a los solicitados, y en los meses posteriores otros tres mil”.
Bolívar lucha contra el pesimismo histórico y se ocupa en la organización eficiente de la nueva campaña para la causa. Pero, también con él va su compañera de viaje, su amor, que aunque no está presente, ya es una compañera privilegiada, porque él la amasa en sus sueños, ella es su carne, la mujer amada que no tiene en la aventura ese papel figurante, porque ella es la garantía para no hundirse, en tan poco tiempo le ha dado tanto, que la distancia y la separación se hace para ambos una trampa de amor infinito.
Encontramos así la forma de cómo continúan mas unidos y donde muestran al mundo ese papel paradójico que le han asignado a su amor adquiriendo la importancia de una lección libre y humana. Testimonial de todo esto son sus cartas llevadas y traídas con frecuencia, en esas etapas cortas y angustiosas en que las necesidades de la causa obliga a estos dos seres a estar separados, se escribieron tantas, que en 1846 conto el General O’Leary, edecán del libertador a un amigo que le había solicitado autógrafos de personas ilustres de la causa, lo siguiente:
- A propósito de autógrafos amigo mío. ¿No ha oído usted hablar de Doña Manuela Sáenz?
- Por supuesto mi General, conozco el desencadenamiento y promovido sentimiento que ha causado en el corazón de nuestro libertador, no sabe usted el valor que tiene un autógrafo de tan distinguida dama.
- Hace pocos días, - Respondió el General sonriente - me mando una orden para que me entregaran en Bogotá un cofrecito que contiene una cantidad de cartas dirigidas a su amante, todas de su puño y letra. Apenas he tenido tiempo de recorrerlas muy a la ligera y le digo a usted amigo mío, que nunca ha habido amantes más ardientes ni más apasionados.
- Mi General, - le asegura el amigo - Manuela es una de las criaturas más hermosas que han visto estos viejos ojos. Muchos la pretenden, pero de lejos, porque ella misma no los deja acercarse, su resistencia solo la puede vencer un corazón que le de felicidad, seguridad, confianza y que le llene de intensidad todo su ser y ese corazón, no es otro, que el de nuestro libertador.
Otra cosa que podemos observar en esta historia de amor, es que las ausencias se han convertido en una manera más fuerte de amar. Cada despedida es un anhelo de regreso, pero sin desesperación, en ellos es en vano buscar gritos de dolor. Si hay tristezas y profundas, pero una consecuencia de sentimientos los amarra y en esa soledad el viento de la pasión los caza como errantes gaviotas descalzas que buscan la libertad en la altura de un cielo inmenso e infinito.
(Continuará…)

MANUELA LA MUJER (VIII)


Manuela la mujer (VIII)

Por: Víctor J. Rodríguez Calderón

Sin descanso el libertador trabaja y obtiene grandes victorias políticas, allí en Guayaquil. Acoge bajo la protección de la República de Colombia al pueblo de Guayaquil encargándose del mando político y militar de esta ciudad y de su provincia. Se entrevista con San Martin y quedan claras las diferencias de estos dos grandes hombres, por lo tanto allí se convino decisivamente que Bolívar terminaría la guerra envuelta en su causa, pues la monarquía que proponía San Martin no se justificaba en el conflicto de una verdadera libertad y justicia para nuestras naciones, San Martin llamado el “protector” vio eclipsarse su gloria de guerrero, pero no su gloria de libertador, pues a pesar de su forma de pensar, la historia le reconoce como tal. Pero lo cierto es que Bolívar lo elimina, él era el último de sus rivales, y es él quien después de entender a Bolívar, toma la decisión de renunciar a todo y se exilia voluntariamente en Europa.
Después de estos éxitos, el libertador se toma un tiempo para dedicárselo a los grandes placeres que le pide su corazón. Manuela le espera cerca de Babahoyo, a donde llega navegando por el Guayas. La hacienda “EL GARZAL” los acoge como una pareja de lobos solitarios, son amores que vibran y los hace temblar de felicidad. Él, un experto seductor, ella, apasionada, desbordada, entregada totalmente. Jamás hubo en aquellos parajes ardientes sentimientos embellecidos por el bálsamo de Afrodita. Nunca se sintió un fervor más profundo y conmovedor. Pero, no todo es amor, Manuela comprende y vive también la enorme responsabilidad que tiene su amante ante los pueblos de América. Hay que escribir cartas a todas partes, despachar emisarios en todas direcciones, hacer política, formar y estructurar planes militares, hallar los medios necesarios para la próxima campaña del Perú, defenderse de los enemigos, crear ejércitos y aprovisionarlos, alistar barcos, buscar armas y pertrechos e innumerables cosas más. Manuela interviene también en todo esto, se hace una ayudante indispensable y le enseña a su general, que no conoce la fatiga ni descuido en su memoria, a ser mas desconfiado, a ver la dobles de los espíritus que le siguen, a informarle los más mínimos detalles de ese pozo de intriga, grandezas y miserias que es Lima, la Lima virreynal, en donde el “protector” y sus soldados han sido un poco menos que devorados por la molicie.
Amor, causa y guerra se unen para engrandecer y unificar sus vidas, ella entra a convivir plenamente con el genio a quien ama con amor de la carne y con amor del espíritu, de todo espíritu. Esos días son para la bella quiteña los más claros y sabe que con ello se hace también la retadora de toda murmuración, porque se ha convertido en la colaboradora más eficaz de la liberación. Pero, ¿qué importa? ¿a que conduce? Un divorcio había bastado para justificarse. Pero los divorcios no bastan, estos todavía no han entrado en las justicias sociales de la época, ni su marido, podría ser solicitado para concederlo, por propia dignidad de Manuela, ofendida en lo que más podía apreciar en su existencia: el amor, un amor de grandes emociones, apasionado, destruido por la incomprensión, la indiferencia, la rígida frialdad, la testarudez y la inclemencia de un hombre con sangre sajona.
Allí en Babahoyo, sus habitantes los admiran. Ella sale a caballo como toda una Amazona, va erguida, esbelta, junto a su amante, rompiendo con las empedernidas estructuras de esa sociedad que está dispuesta a no perdonarles tal insolencia, los dos se ven impertérritos, emocionados, felices, son dos almas dignas la una de la otra. Aquel pueblo se mezcla con ellos, respetan la aventura de esos dos seres, la aplauden sinceramente, porque son humanos muchos más amplios que los de la Serranía, porque muchos de ellos se identifican con sus vidas, guiadas y unidas solo por el código de las leyes eternas de la pasión y los sentimientos.
Nuevamente el libertador se ve obligado a desprenderse de su amor, parte hacia Cuenca y Manuela cargada de ensueños se va hacia Quito, durante seis días viaja a caballo sin presentar fatiga o cansancio alguno, entra en una actividad nueva para su vida. Vienen las cartas de amor a su hombre, a su pasión sensible de mujer, a esa separación convenida y necesaria por la causa, pero no así, para el sentimiento de los dos.
Ocurren muchas cosas, Bolívar no puede detenerse en Guayaquil, las tropas patriotas tienen que acudir urgentemente a Pasto, puesto que los españoles acaudillados ahora por Benito Boves, sobrino del terror llamado el “tata Boves” quien había sido muerto en la batalla de Úrica, proclamaban nuevamente a Fernando VII. Sucre es el primero en llegar y espada en mano somete a la ciudad que han sublevado los realistas, en plena navidad y Pasto está sembrada de sangre, cadáveres y desolación. Las tropas vencedoras se lanzan a los desmanes de la guerra, pero Sucre emplea su carácter y castiga a quienes han tratado de insurreccionar al ejército en ese vandalismo.
Bolívar en persona, con nuevas tropas llega al día siguiente de haber comenzado el nuevo año y dicta providencias excepcionales con energía a aquel pueblo que se ha alzado a favor de la causa española. Confisca los bienes de todos cuantos tomaron parte en la revuelta; impuestos a la ciudad de 30 mil pesos, de 3 mil reces y de 2.500 caballos, reclutan 1.300 hombres.
Mientras, Manuela que ha regresado a Quito se siente desprotegida, las horas son profundas sobre su tiempo y ve doblarse su felicidad en la tempestad de la ausencia de su amante. Es así, como se dispone a escribir la primera carta para hacerse oír adelgazando sus sentimientos como huellas que tiñen ese dolor enredado en su destino. Cito: (1) “en la apreciable de usted, fecha 22 del presente, me hace ver el interés que ha tomado en las cargas de mi pertenencia. Yo le doy a usted las gracias por esto, aunque más la merece usted por que considera mi situación presente. Si esto sucedía antes que estaba más inmediata, ¿que será ahora que está a más de 60 leguas de aquí? Bien caro me ha costado el triunfo de Yacuanquer. Ahora me dirá usted que no soy patriota por todo lo que le voy a decir. Mejor hubiera querido yo triunfar de él y que no haya 10 triunfos en Pasto.
Demasiado considero a usted lo aburrido que debe estar usted en ese pueblo; pero, por desesperado que usted se halle, no ha de estar tanto como lo está la mejor de sus amigas que es
MANUELA”
(1) Alfonso Rumazo González ( Manuela Sáez, el amor)
Esta carta revela que Manuela fue al norte con Bolívar y que se regreso a Quito únicamente cuando su amante iba ya por las proximidades de Pasto. Su gran preocupación es que él se halle aburrido, puesto que ella de repente se siente como una palabra de un amor desesperado.
(Continuará…)

Manuela la mujer (VII)

Por: Víctor J. Rodríguez Calderón

Pero los tiempos y la libertad de la patria exigían toda la voluntad del libertador, imperiosas necesidades políticas le obligaron a ausentarse de su amada, para marchar a Guayaquil, centro de coalición de las dos grandes fuerzas revolucionarias de la América Hispana: la que había triunfado en Boyacá y Carabobo y la que, se alejaba de las provincias de Río de la Plata, marchaba con el apoyo de los ejércitos Chilenos, a buscar una fórmula política para la anarquía social en que se debatía el llamado Nuevo Mundo y que no era otro, que el poderoso ordenamiento clasista y aristocrático que mantenía la sociedad Peruana.

Sin embargo, si bien es cierto, porque así lo demuestra la historia, a partir de ese momento los dos estarán unidos no solo por la mutua felicidad que les da el amor, no, sino también por el grande interés de esta mujer en la obra de Bolívar; en cuyo proceso descubrimos el amor y la devoción, la dignidad y la lealtad de ella por la causa.

Como podemos advertir, se impuso a todo y a todos, fue la compañera digna, una compañera de felicidades y también de hondísimas tristezas, una leal combatiente, en los intentos autoritarios y en los renunciamientos, a través de las horas solemnes en que su amante es el hombre más poderoso y dentro de las horas sombrías en que la traición o la enfermedad tratan de llevarse al genio a la tumba, ella está firme y de pie.

La presencia de un marido que sólo le ha proporcionado decepciones, frigidez, desengaño profundo respecto a la vida hogareña, no la preocupa. Para constancia, encontramos esta carta, de la cual cito un párrafo muy importante: “Yo sé muy bien que nada puede unirme a Bolívar bajo los auspicios que usted llama honor. ¿Me cree usted menos o más honrada por ser él mi amante y no mi esposo? Ah! Yo no vivo de las preocupaciones sociales inventadas para atormentarse mutuamente”

Nada la intimida, ni la asusta y menos los chismes que recorrían los salones Quiteños. Ella los conoce en su origen y en sus largos alcances, los ha vivido en plenitud, sabe sus intenciones, el daño que ocasiona porque son dosis de veneno despreciativo que mata las carcomas en un tiempo muy reducido y la sociedad lo utiliza como arma destructora contra quien se salga de su falsa apariencia, esa apariencia puritana, dogmática, ridícula y sobre cultural.
Por todo está decidida a mantenerse unida con el hombre que ha elegido su corazón y así lo hizo. Nunca hubo razón más poderosa ni firmeza más inconmovible que una determinación en el alma femenina. Ni nunca ha existido fuerza mayor que una mujer convencida de que ama y que es correspondida, hasta la muerte las respeta.

A pesar de que Bolívar se encontraba muy preocupado por la situación de Guayaquil que aún no había decidido ni por Colombia, ni por el Perú. Manuela se encontraba fija en su mente, más profunda en su corazón, y más aferrada a sus entrañas.
(Continuara…)

sábado, 11 de abril de 2009

MANUELA LA MUJER (VI)

Por: Víctor J. Rodríguez Calderón

El Libertador se acerca al Palacio Municipal, allí se había levantado una tarima donde se le harían los honores correspondientes. Manuela no alcanzaba a comprender lo que le estaba sucediendo, quienes la acompañaban en el balcón la notaron distraída, distanciada del evento, una explosión inesperada de sus emociones solo la proyectaban para preparar el momento de conocerlo personalmente. Debido a esta situación, ella relativamente no presto atención a las ceremonia triunfal que se le hacia a Bolívar, bellas quiteñas, vestidas de ninfas, le coronaban de laureles y lo invitaban a escuchar los discursos de las autoridades, luego fue llevado a la Catedral donde se ofició una misa especial.
El encuentro tan anhelado por ella, se produce esa misma noche, en el baile ofrecido en honor al Libertador por las autoridades locales. El gran salón de la casa municipal había sido acondicionado para el evento y fue adornado con un precioso dosel de rico tricolor de seda, centenares de luces y engalanado por el brillo de los uniformes de los revolucionarios y las magnificas galas de las damas quiteñas; hacia el fondo del salón se le preparó el sitio de honor al caraqueño, a quien rodeaba su estado mayor y las principales personalidades de la ciudad.

Del brazo de don Juan Larrea, Manuela atraviesa el enorme salón y va al sitio donde está el hombre que ella se ha prometido conocer personalmente, muy cortésmente don Juan se la presenta al Libertador, éste al verla trae a su mente aquellas miradas ardientes que se habían cruzado en el desfile, sus manos se unen y sus almas se estremecen en un trance que los atasca en unos sentimientos encontrados, fue algo muy fuerte en ellos, tanto así, que por instantes olvidaron la importancia de la ceremonia.

Manuela se había preparado para esta ocasión, sabia que no tendría otra, en lo personal puso el mayor cuidado en su maquillaje, en su tocado, nunca había sido tan grande su necesidad de gustar, de ser admirada y deseada como esa noche. Se aseguraba de comenzar a vivir una nueva vida, toda su naturaleza la comprometía solo en el anhelo de introducirse en el alma de Bolívar, quien a pesar de las atenciones que lo rodeaban no podía dejar, mientras bailaba, ver el símbolo de sus sueños, la sentía, admiraba su imponente orgullo, lo embelezaba su picara sonrisa mundana, descubría sus habilidades, era el ingenio personificado en una mujer de extremada belleza.
Por intermedio de algunos de sus oficiales se enteraba que era una mujer de carne y hueso, audaz con la espada, capaz como él, de montar a caballo durante días y versada e intelectual como cualquier oficial superior de su estado mayor. Bolívar no puede quedarse en la paciencia de esa historia, abandona de nuevo su sitio de honor y ante la curiosidad de todos los presentes, que conocían la fama del líder, pues el Libertador tenía ya todo un historial sentimental, como el marinero del poema: “En cada puerto un amor”, e igual a las galanterías y leyendas de la señora Thorne, nuevamente la invita a bailar, todos los ojos se fijan en ellos y a partir de ese momento danzan casi toda la noche, conversaron y se prometieron con animo acometer nuevas y más temerarias empresas.

Manuela no vaciló para decidir su nuevo destino, su corazón no tuvo entonces, ni tendría después otra ambición que la de ganarse por completo el amor de ese hombre, que en forma plena satisfacía sus aspiraciones y sus sentimientos. Coinciden los dos, sin dudas, enrumbarse hacia lo inevitable, ella y él se sintieron dominados por la seguridad de que su amor forjaría esa voluntad de durar y fortalecer sus emociones y sus pasiones. Al despedirse esa noche solo restaba resolver los nuevos pasos de sus vidas y se imaginaron el placer de sentirse amados para siempre.

Para ese momento Manuela tiene veinticuatro años y el Libertador cuarenta. Menos de veinte días duran esas relaciones en secreto, las fiestas se multiplican, las invitaciones se hacen diarias y comienzan las murmuraciones en aquella sociedad, donde ninguno de los dos se da por aludido. Su posición era la entrega total, donde la emoción descubría nuevas felicidades y aunque el Libertador conocía muy bien las costumbres de estos lances y ella se gobernaba por su temperamento voluntarioso, audaz, despreciativo y sensual, sensualismo que busca en el placer la gloria, los dos se han unido, porque en estos temperamentos la lucha es una necesidad y marchar contra la corriente de aquella sociedad una dicha.

Manuela era una mujer hermosa, rica, aristócrata, valiente y decidida para todos los desafíos. ¿Qué podría perder? ¿Su matrimonio con el doctor Thorne?, eso estaba desbaratado hacia mucho tiempo. Ahora si cambiaba su desgracia por la gloria de amar y ser amada por el hombre más grande de América en ese momento. En cuanto a Bolívar se encontraba en plena gloria y cada día adquiría fulguraciones mundiales, se cruza con esta mujer en su camino, en cuya existencia él funde las grandezas de la emancipación de los pueblos, los resentimientos, las caídas y las debilidades del nuevo mundo caótico que estaba adquiriendo conciencia en los combates de la revolución y porque siempre supo que Manuela Sáenz, la mujer, era ante todo una rebelde, una americana, con una conciencia llena de libertades y justicia, pues en su sangre, en su historia y en sus recuerdos, estaba el drama de la esclavitud y en sus potentes conceptos existía la energía del nuevo porvenir, como lo que en esos momentos se vivían y ya se asomaban como un horizonte de este continente.

Por eso Bolívar, en los brazos de Manuela vivía el delirio y la pasión, estaba protegido por su ternura y nunca se sintió lejos de su drama histórico con el cual estaba comprometido. De ahí que estemos obligados a entenderlos, porque si observamos, no fue indudablemente el sentimiento corporal que los juntó, hubo además una potencia espiritual unificada, los mismos anhelos, la misma rebeldía, la misma ambición de libertad y justicia, una misma fe en la causa, un mismo sentido del sacrificio integral, una misma desconfianza de todos a pesar de la necesidad de contar con todos y la misma y triste experiencia sentimental.

Ni María Teresa, su esposa, fallecida; porque mi Dios no le permitió un tiempo como para analizar, ni Fanny de Villars, ni Josefina Machado, la famosa “señorita Pepa”, como le decían los revolucionarios venezolanos, ni Manuelita Madroño, en la sierra peruana, ni Antonia Santos de Colombia y otras, no pudieron nunca conquistar el corazón y el pensamiento y todas las facultades del Libertador. Sólo en su vida hubo una, que por su inteligencia, sus sentimientos, su preparación y por el vigor de su carácter logro penetrar su vida, su alma y su corazón: MANUELA SAENZ, LA MUJER.

(Continuará…)